En el teatro de operaciones moderno, la conectividad no es una herramienta de soporte; es el sistema nervioso del combate. Durante meses, la constelación satelital Starlink operada por SpaceX actuó como el pilar de mando, control y enlace táctico de las Fuerzas Armadas de Ucrania en su lucha contra Rusia.
Sin embargo, desde el ministerio de Defensa de Ucrania se denunció respecto a repentinas restricciones de velocidad sobre el servicio satelital Starshield de SpaceX en movimiento, que alteraron las misiones con drones en la línea del frente. Así, el 7.º Cuerpo de Asalto Aéreo de Ucrania afirmó que algunos drones del sector de Huliaipole perdían la conexión durante 10 o 20 segundos mientras volaban a solo 110 o 120 km/h. Al menos una unidad de drones tuvo que cancelar misiones. Los más afectados fueron los drones de ataque de medio alcance y los drones interceptores que se usan contra los Shahed con motor a reacción, aunque en los días posteriores las velocidades y servicios se reestablecieron, según Militarnyi.
Debemos recordar que Starshield es una unidad de negocio de SpaceX que desarrolla sistemas satelitales militares y de inteligencia para el Pentágono, por lo que se cruza entidad privada con una pública y que a su vez ofrece el servicio de conectividad satelital a terceras naciones, como es el caso de Ucrania.

Sin perjuicio de lo anterior, las recurrentes caídas de servicio, degradaciones en la velocidad de transmisión y restricciones operativas en la línea del frente han encendido las alarmas tácticas y geopolíticas, considerando que las restricciones unilaterales y geofencing no están aun completamente claros en cuanto a su origen.
Así, desde SpaceX y su matriz han impuesto límites contractuales, restricciones de velocidad e inhibiciones de geolocalización (geofencing) para evitar que terminales comerciales sean montados directamente en drones de ataque o rebasen límites operativos fijados por la compañía, sin embargo Elon Musk atribuyó la responsabilidad al Gobierno de EE. UU. «Los sistemas Starshield son propiedad del Gobierno de EE. UU. y están bajo su control. Cualquier límite de velocidad o de uso lo deciden el Ejército estadounidense y, en última instancia, el POTUS», escribió en X.
Como contraparte, funcionarios de la Administración Trump dijeron a Axios que Washington no había ordenado las restricciones. En una entrevista con Piers Morgan, el presidente Volodímir Zelenski afirmó estar «seguro de que sabían lo que hacían».
La interrupción se produjo en un momento de tensión entre Kiev y Washington. La Administración Trump levantó hace poco las sanciones a la venta de petróleo ruso, y Ucrania ha retomado ahora sus ataques contra refinerías rusas.
El impacto en el terreno: efectos inmediatos
Las consecuencias de estas fallas en combate han sido inmediatas y severas:
Parálisis de flotas de drones (UAVs): La baja latencia y el ancho de banda son indispensables para la transmisión de video en tiempo real hacia los operadores de drones de reconocimiento y ataque táctico. Al caer la señal, se pierde el guiado visual y la precisión quirúrgica.
Quiebre en el comando y control (C2): Unidades de artillería, infantería y centros de comando sufren desincronización en la asignación de objetivos dinámicos, ralentizando la toma de decisiones defensivas y ofensivas.
Vulnerabilidad de tropas: La pérdida de comunicaciones en plena maniobra obliga al uso de radios convencionales o enlaces terrestres alternativos más susceptibles a la triangulación y fuego de contrabatería.
La urgencia de la soberanía digital
El dilema de Ucrania deja al descubierto una verdad incómoda: subcontratar la infraestructura crítica de defensa a corporaciones privadas transnacionales transfiere el arbitraje estratégico del Estado a directorios empresariales. La soberanía digital (del que hemos hablado antes) no consiste únicamente en salvaguardar la privacidad de datos civiles o regular plataformas sociales; es la capacidad de una nación para operar, proteger y controlar sus redes vitales frente a cualquier chantaje geopolítico o decisión contractual unilateral.
Cuando un país depende por completo de infraestructura tecnológica que no controla —desde constelaciones de satélites LEO y cables submarinos hasta centros de cómputo en la nube (cloud computing)—, su autonomía de defensa y su continuidad operacional quedan condicionadas a la voluntad de proveedores externos. Diseñar redundancia tecnológica, protocolos de interoperabilidad abierta e infraestructura soberana ya no es un debate académico, sino una exigencia de seguridad nacional.
El caso de Chile: liderazgo regional y desafío de autonomía
En América Latina, Chile se posiciona como un referente en adopción tecnológica gracias al rápido despliegue de conectividad 5G, la instalación de grandes polos de data centers y proyectos de infraestructura troncal como el cable submarino Humboldt. Además, el país fue pionero en la región al autorizar e integrar masivamente terminales satelitales como Starlink en zonas rurales y extremas. Incluso, en forma inédita, la Subsecretaria de Telecomunicaciones desde el mismo Departamento de Estado de los Estados Unidos, en Washington, señaló que “Para ser un Hub Digital regional debemos abordar la infraestructura estratégica con resiliencia y seguridad”.
Sin embargo, este dinamismo plantea la misma advertencia: contar con cobertura no equivale a poseer autonomía estratégica y debemos tener autonomía en la toma de decisión conforme a los intereses del país y no terceras naciones.
El reto para Chile consiste en traducir su liderazgo en conectividad en una política integral de soberanía digital, robusteciendo la ciberseguridad crítica estatal, impulsando iniciativas satelitales nacionales y diversificando proveedores para evitar vulnerabilidades sistémicas en servicios e infraestructura esencial.
