El pasado 24 de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por un doble sismo —de magnitud 7.2 y 7.5— el más fuerte que ha golpeado al país en casi un siglo. Además de los devastadores daños en viviendas e infraestructura, dejó una consecuencia menos visible pero igual de crítica: la ruptura del cable submarino de fibra óptica que conecta a Venezuela con la red global de internet.
Causa de la Rotura
Evento desencadenante: Movimientos telúricos y severos sismos ocurridos en el litoral central venezolano (frente a las costas de Catia La Mar / La Guaira).
Daño estructural: El desplazamiento del fondo marino provocó la fractura física directa de los filamentos de fibra óptica del sistema submarino de Cirion Technologies, una red que acumulaba más de 20 años operando con una disponibilidad del 99,99%.
La avería se localizó a apenas 1,8 km de la estación de aterrizaje en La Guaira, operada por Cirion Technologies. Aunque el país no quedó completamente aislado —se lograron habilitar rutas alternativas, incluyendo enlaces terrestres hacia Colombia—, la capacidad de conexión internacional llegó a caer hasta un 50%, con semanas de intermitencias y menor velocidad mientras se completaba la reparación.
| Área de Impacto | Detalle del Efecto |
| Capacidad Internacional | Caída inmediata de aproximadamente el 50% del ancho de banda de internet internacional en Venezuela. |
| Experiencia de Usuario | Episodios severos de alta latencia, intermitencia, congestión y lentitud en horas pico de navegación. |
| Sistemas Afectados | Dificultades en plataformas de streaming, transacciones bancarias, servicios en la nube y telefonía IP. |
| Medidas de Contingencia | Redirección de emergencia del tráfico residual a través de enlaces satelitales y fibra terrestre fronteriza. |
Recién luego de exactamente 30 días tras el terremoto, tras la intervención de un buque especializado, el organismo regulador de Venezuela, la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel), confirmó la reparación del cable y recuperación del 100% de la capacidad.
Inicio de julio: Se movilizó el buque especializado Wave Sentinel para localizar y extraer los extremos dañados.
14 días de trabajos: Se realizaron maniobras de alta precisión con robótica submarina y tecnología láser para fusionar fibras ópticas del grosor de un cabello humano.
24 de julio de 2026: Conatel y Cirion confirmaron la restitución total de la conectividad internacional.
Cómo se reparó
Localización del daño: Robots submarinos identificaron la fisura en el lecho marino.
Elevación de fibras: Los filamentos fueron llevados a la cubierta del buque.
Empalme por fusión láser: Se alinearon y unieron las fibras con exactitud micrométrica.
Encapsulación protectora: Se selló con acero y resinas de alta presión para garantizar durabilidad bajo el mar.

¿Por qué importa esto más allá de Venezuela?
Cerca del 95% del tráfico internacional de datos —videollamadas, streaming, transacciones financieras, comunicaciones diplomáticas— viaja por cables de fibra óptica tendidos en el fondo del océano. Es una infraestructura crítica, físicamente frágil y geográficamente concentrada en puntos de aterrizaje muy específicos. Cuando uno de esos puntos falla —por un sismo, un ancla, o un corte deliberado— un país entero puede quedar con su conectividad internacional comprometida en cuestión de minutos.
El caso venezolano es un recordatorio para toda la región: la resiliencia digital no se construye solo con más ancho de banda, sino con redundancia de rutas, diversificación de proveedores y planes de contingencia que consideren explícitamente el riesgo de desastres naturales sobre la infraestructura submarina.
Otro tema muy relevante es que la reparación se realiza por medio de un barco especializado en fibra óptica submarina, y hoy por hoy, existen menos de 50 barcos cableros especializados en el mundo para reparar estas infraestructuras cuando resultan dañadas.
Este escenario es muy preocupante, sobre todo por el aumento de tráfico internacional que se genera tras la instalación de infraestructuras como datacenters, aumento de conectividad digital en los países y mayor uso de las redes.
Fibra óptica submarina y Chile
Para países como Chile, con alta exposición sísmica y aspiraciones de consolidarse como hub digital regional, y en la que los terremotos son parte de nuestro país, la pregunta no es si un evento así puede ocurrir, sino qué tan preparados estamos si ocurre.
En primer lugar la fibra óptica submarina debería ser reconocida, sin ambigüedades, como infraestructura crítica nacional —al mismo nivel que la red eléctrica, el suministro de agua o el sistema financiero—. Hoy en día, prácticamente ninguna actividad económica, gubernamental, académico o social funciona sin una conexión internacional estable: desde el comercio exterior y la banca hasta la defensa y la salud. Sin embargo, en muchos marcos regulatorios latinoamericanos, y acá en Chile es así, esta infraestructura sigue tratada como un activo puramente comercial de los operadores privados que la construyen y mantienen, sin una política pública clara sobre resiliencia, redundancia obligatoria o protocolos de contingencia coordinados entre Estado y sector privado (aunque en el proyecto de fibra óptica austral se exigen plazos de recuperación de servicios ante eventuales cortes).
Lo particular de estos cables es que están expuestos a un doble frente de riesgo. Por un lado, a la acción deliberada del hombre: anclas de buques, actividad pesquera con artes de arrastre, sabotaje o incluso operaciones de inteligencia en zonas de tensión geopolítica —fenómenos que ya se han documentado en el Báltico, el Mar Rojo y otras rutas estratégicas—.
Por otro, a fenómenos naturales que el ser humano no puede controlar ni predecir con precisión: terremotos submarinos, deslizamientos del talud continental, corrientes de turbidez y actividad volcánica, como quedó demostrado en Venezuela.
La diferencia es relevante para el diseño de política pública: mientras el riesgo humano puede mitigarse con vigilancia, disuasión y marcos legales de protección de zonas de cable, el riesgo natural exige, sobre todo, redundancia física —múltiples rutas, múltiples proveedores, puntos de aterrizaje diversificados— porque no hay forma de «prevenir» un sismo de magnitud 7.5.
Tratar la fibra submarina como infraestructura crítica implica, entonces, asumir ambos frentes en simultáneo, y no diseñar la resiliencia pensando solo en el actor humano.
